Haití: Nuestra mayor desgracia (parte 2 de 3)

Por: Geraldo Fernández

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El Dr. Joaquín Balaguer en su obra La Isla al Revés (1983, Fundación JAC) expone con bastante autoridad y fundamentos históricos como la independencia haitiana nació unida a la idea imperialista, tanto así que los artículos 40 y 41 de su constitución política establecen la indivisibilidad de la isla.

En 1822 Jean Pierre Boyer entró sin resistencia a la ciudad de Santo Domingo para iniciar lo que la historia a conocido como “La Dominación Haitiana” la cual ocupó un periodo de 22 años durante los cuales se suprimieron las escuelas, las iglesias, se impuso el francés como idioma oficial, se eliminó la propiedad privada y se redujó al pueblo dominicano a un estado de servidumbre e ignominia superior a la etapa de la colonización española que solo pudo ser superado por una serie de acontecimientos internos y externos que dieron al traste con la proclamación de nuestra independencia el 27 de Febrero de 1844.

Desde la Fuente del Rodeo (13 de Marzo de 1844) hasta Sabana Larga (24 de Enero de 1856) fueron catorce sangrientas batallas las que se libraron para consolidar la independencia nacional, las batallas cesaron cuando los haitianos se dieron cuenta que por la vía militar no podrían conseguir sus objetivos entonces tras un tiempo de sosiego entre ambas naciones donde solo ocurrieron algunas escaramuzas dieron inicio a su nueva estrategia de invasión pacífica.

Como expusimos en el artículo anterior en Haití la migración hacia el lado occidental de la isla es motivada desde el mismo Estado y por el pensamiento intelectual más influyente, en un ejercicio de manipulación mientras estimulan ese flujo migratorio como válvula de escape a su perenne situación socio-económica enarbolan un discurso anti-dominicano como estrategia para eclipsar los problemas nacionales.

De este lado no entendemos porque el mundo nos ve como los verdugos de un pueblo que a pesar de habernos subyugado hemos ayudado siempre desde la primera línea, la realidad es que Haití quiere que el mundo los vea como víctimas y a nosotros como victimarios, para sus elites eso es altamente rentable económica y políticamente.

Los primeros en traer haitianos a nuestro territorio fueron los norteamericanos para utilizarlos como obreros en la industria azucarera bajo su control (1916-1924) esto produjo un importante flujo migratorio que la dictadura de Trujillo detuvo de manera sanguinaria y criminal con el famoso corte u “operación perejil” en 1937, pero para 1952 el sátrapa criollo firmaba un acuerdo con el dictador haitiano Paul Eugene Magloire para traer miles de haitianos a trabajar en la zafra azucarera, se acordó un precio por cabeza y este acuerdo se mantuvo año tras año, aun después del ajusticiamiento del tirano fue continuado por sus sucesores.

 

Esta migración de carácter comercial tenía una serie de controles que garantizaba que la mayoría de los haitianos regresaran a su país al concluir la zafra aunque siempre se quedaban centenares conformando los bateyes de nuestras zonas cañeras, la situación migratoria se

agravó a partir de 1991 como consecuencia de la crisis política, social y económica provocada por el derrocamiento de Jean Bertrand Aristide y los eventos sucesivos que se produjeron hasta 2004 pero el punto de inflexión lo representa el terremoto de Enero de 2010.

A partir del terremoto de 2010 la migración haitiana hacia nuestro país ha aumentado exponencialmente, según la Oficina Nacional de Estadísticas los haitianos representan el 12% de la población del país y son el 87.8% de todos los inmigrantes, el 64.4% de quienes emigran son hombres y de estos el 21% se encuentra en el rango de 25 a 29 años de edad, la mitad no sabe leer ni escribir, el 68.2% vive en ciudades y solo el 8% dispone de seguro de salud. Un cuadro espantoso.

La migración haitiana representa una gran amenaza para nuestra nación y lo peor es que la tendencia es a que esta se agrave, según el Ministerio de Salud el 75% de los partos en la zona fronteriza son de mujeres haitianas, en la maternidad La Altagracia y San Lorenzo de Los Mina en el Distrito Nacional y Santo Domingo Este respectivamente los médicos dicen que el 30% de los alumbramientos corresponden a madres haitianas que “llegan en camiones” a dar a luz. Se estima que el 15% del presupuesto para salud pública se gasta en atenciones a nuestros vecinos.

Pero la amenaza no es solo la migración, sino que Haití en sí mismo y en su estado de postración es una especie de bomba de tiempo para nuestra supervivencia, por ejemplo, recientemente el Ministerio de Medio Ambiente rindió un informe donde informaba que el 75% de las familias haitianas cocinan con carbón vegetal extraído de nuestros bosques mediante la tala indiscriminada e ilegal de árboles. La tala es una actividad natural de los haitianos tanto así que hoy su país solo cuenta con un 2% de superficie forestal. La ONU ha estimado que en quince años Haití necesitará de agua para consumo humano ya que no le quedan fuentes acuíferas, el 90% de la demanda se suple de pozos.

Según el Banco Mundial en Haití el 60% de la población vive en pobreza y el 24% en pobreza extrema, la economía haitiana es seis veces menor que la nuestra y su PIB cabe 7.3 veces en el nuestro, todo esto hace que la frontera dominico-haitiana sea una de las desiguales del mundo.

Ante esta realidad el pueblo dominicano no debe caer en la trampa de ver al pueblo haitiano como su enemigo ya que este históricamente solo ha sido una víctima de sus élites gobernantes, muchos seudo patriotas olvidan que compartimos una misma isla, un mismo mar, un mismo sub-suelo, un mismo clima y una historia por lo que en la medida en que Haití se vaya convirtiendo en un territorio imposible de habitar mayores serán nuestros problemas. Ni el odio y la indiferencia son la respuesta, pero… ¿Qué hacer?

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