Un gran pacto social contra los feminicidios

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Por: Arq. Geraldo Fernandez

A propósito de celebrarse el pasado sábado 25 de noviembre el Día de la No Violencia contra la Mujer en conmemoración del asesinato de las hermanas Mirabal en 1960, deseo compartir con ustedes algunas apreciaciones sobre la violencia de género y la epidemia de feminicidios que cada día aporta mujeres asesinadas a manos de hombres suicidas que van dejando en orfandad centenares de niños y niñas, muchas familias destruidas y una sociedad que no sale del estremecimiento.

El termino feminicidio fue utilizado por primera vez en 1976 por la activista y escritora Diana Russell cuando estableció que este es “el asesinato de mujeres por hombres motivado por el odio, el desprecio, placer o sentido de posesión”. Más tarde en 1997, la antropóloga mexicana Marcela Lagarde amplió el concepto de feminicidio no solo al acto de matar sino al “proceso de control y dominación de las mujeres a través del temor y del daño, la inseguridad, la agresión y la negación de sus reinvidaciones vitales”.

Partiendo de esta última concepción se puede afirmar que la muerte de una mujer a manos de un hombre con quien sostuvo o sostiene una relación sentimental solo es la culminación de un proceso que inicia de manera sutil y se va agravando con el tiempo. El feminicidio es la última respuesta del machismo a lo que se entiende como un desafío a la autoridad del hombre sobre la mujer y se inscribe en una compleja trama social, política, cultural, institucional y económica.

Tristemente este flagelo es una marca distintiva de los países latinoamericanos y del área del Caribe, tanto así que en el ranking de los veinticinco países con más feminicidios en el mundo, catorce son de nuestra región estando nosotros en la posición doce entre esos catorce y en la veinticuatro de los veinticinco totales. Para el 2016 más de la mitad de los feminicidios ocurridos en el mundo sucedieron en Latinoamérica y El Caribe.

Hasta hoy, ninguno de los esfuerzos que han hecho las autoridades de nuestros países ha podido ni siquiera mitigar el terrible mal y es por esto que urge cambiar el enfoque con que se aborda esta problemática. Las marchas, charlas, afiches, campañas publicitarias, las advertencias a los posibles agresores son recursos validos como complementos de una estrategia pero no son la estrategia y creemos que ahí ha estado el fallo.

Cuando un hombre decide matar a quien es o fue su pareja y en tantos casos la madre de sus hijos es porque ha perdido todo rastro de humanidad y es imposible detenerlo con anuncios televisivos u órdenes de alejamiento. Ese proceso de deshumanización lleva tiempo tal y como lo define Lagarde, entonces hay que hacerle entender a las mujeres que el feminicidio inicia desde el primer indicio de violencia, por mínimo que sea.

Lo que hemos visto es que cuando el conflicto llega a manos de las autoridades lo hace en la fase final del mismo donde el trágico desenlace es casi inevitable, entonces en esta parte del proceso la acción de la autoridad se convierte en un agravante pues se ha comprobado que las órdenes de alejamiento y la prisión preventiva solo radicalizan al agresor.

onsidero, que en ese momento que la mujer toma la decisión de denunciar a su agresor, la autoridad debe ofrecer una alternativa diferente y adecuada a cada caso en particular, no fórmulas. De ese punto en adelante el seguimiento debe ser constante y no es que le asignen un policía a cada mujer amenazada, la tecnología ya provee las herramientas necesarias para lograr esto de una manera súper efectiva y discreta. Me refiero a un seguimiento discreto hasta para la misma mujer que por diversas razones suele recaer ante el agresor desestimando todas las acciones antes tomadas, es decir, cuidar la victima a pesar de ella misma.

Debe decirse que muchos de estos asesinos-suicidas en la mayoría de los casos son definidos por sus conocidos como personas normales de las que nunca se esperó tal acción y es que el proceso de deshumanización ya mencionado se da casi siempre en el silencio, por esto, sumado a lo ya planteado, es importante anteponerse al hecho mortal con una estrategia psicológica preventiva. Esto solo es posible con la integración de toda la sociedad ya que el Estado no puede entrar a la intimidad de los hogares ni penetrar en las mentes y corazones de las personas.

La familia como célula básica de la sociedad es el primer lugar donde debe darse esa estrategia de prevención y orientación, en la escuela formando nuestros niños en una cultura de respeto a la vida, en los lugares de trabajo, en los círculos de amigos, etcétera, todos tendremos que convertirnos en orientadores y guardianes de la vida de nuestras mujeres y de la salud mental de nuestros hombres. Nadie está tan aislado como para que alguien se dé cuenta si le sucede algo anormal.

Un gran compromiso social sumado a una profunda renovación de las técnicas de las autoridades, debería por lo menos mitigar este mal provocado por una arraigada cultura machista, donde el hombre, como bestia herida en su orgullo, acaba con la mujer que ya no puede someter a sus deseos y voluntades sea porque esta se cansó, se le acabó el amor, evolucionó o porque simplemente tomó la decisión de cambiar de espacio y de afectos sin necesidad de un motivo que la justifique, porque eso de que “hasta que la muerte los separe” no es cierto, porque “nadie es de nadie” porque la principal obligación del ser humano es ser feliz.

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